Introducción:

Las agencias criollas y la ambigüedad "colonial"

de las letras hispanoamericanas

 

(Versión con notas en Agencias criollas: la ambigüedad "colonial" en las letras hispanoamericanas, Pitssburgh: Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2000)

 

José Antonio Mazzotti

(@ todos los derechos reservados)

 

 

Este volumen sobre "agencias criollas" constituye el cuerpo expandido de las ponencias presentadas en el simposio homónimo del 23 de octubre de 1998 auspiciado por el David Rockefeller Center for Latin American Studies de la Universidad de Harvard. Más que ejercer una simple compilación de actas, me cabe como editor el difícil reto de encuadrar su común preocupación sobre el fenómeno del discurso criollo dentro de las nuevas corrientes y tendencias del campo llamado colonial en los estudios literarios hispanoamericanos. Como es bien sabido para quienes se dedican a este complejo periodo, los aportes críticos sobre un sector de dicho discurso han sido múltiples en los años recientes. La relectura de autores clave como Sor Juana, Carlos de Sigüenza o Pedro de Peralta ha ayudado a enriquecer -y hasta transgredir- la disciplina, y a la vez a renovar algunas de las antiguas preguntas sobre el estatuto específico (con sus visiones encontradas y sus ambigüedades) de esos y otros autores. Asimismo, el tratamiento de textos que escapan del dominio canónico de la literatura ha motivado una saludable interrogación sobre la dinámica histórica de las agencias criollas en su larga trayectoria de negociaciones, alianzas y enfrentamientos con el poder ultramarino, muchas veces sobre el andamio de un silencio compartido con respecto a las enormes mayorías indígenas y de origen africano, cuando no de su directa alusión en favor o en contra.

A partir de largas y fructíferas conversaciones con mi colega Mary Gaylord, surgió la idea de convocar a prestigiosos investigadores para reflexionar sobre el estado actual de la cuestión considerando la pertinencia o impertinencia del adjetivo "colonial" al tratarse de sujetos de escritura criollos. Fue así como juntos organizamos el mencionado simposio. A esos investigadores se sumaron otros no menos importantes que no estuvieron presentes en el evento, pero a los que se invitó a colaborar en este volumen a fin de cubrir aspectos que quedaron pendientes en la reunión inicial. Especialmente, nos interesaba fomentar el diálogo con miras a diferenciar estrategias y apropiaciones del espacio simbólico realizadas por letrados criollos en el periodo previo a las reformas borbónicas . Esto implicaba partir tanto de una delimitación cronológica básica (desde 1492 hasta las primeras décadas del siglo XVIII) como geográfica (las dos "cabezas" del dominio español en el Nuevo Mundo, es decir, México y Perú). Además, queríamos desarrollar la reflexión sobre la utilidad de la llamada teoría postcolonial cuando se aplica al campo hispanoamericano pre-ilustrado, y sin duda las propias respuestas que desde la crítica y la teoría recientemente producidas en Hispanoamérica se han abocado a proporcionar perfiles más nítidos de ese sector del conjunto criollo.

El reto no es, pues, poca cosa. Pero tal vez la mejor excusa para no afrontarlo ahora en su debida extensión sea la limitación característica de todo ensayo introductorio, que antecede, y no reemplaza, los artículos especializados sobre el tema. Aun así, conviene resumir por lo menos algunas ideas y esbozar un cuadro general de los estudios sobre el criollismo pre-ilustrado a fin de apreciar mejor en qué contextos y con qué méritos se presenta este volumen, y para introducir a un público amplio en uno de los debates más urgentes del campo.

 

1. PRIMERAS PUNTUALIZACIONES.

Para ello, quizá lo mejor sea partir de algunas definiciones que ya han sido elaboradas en trabajos anteriores, pero que nos pueden orientar más claramente hacia el objetivo final de este libro . Como se sabe, la palabra "colonia" tuvo poco uso y casi ninguna difusión en relación con el fenómeno de la dominación española sobre el Nuevo Mundo por lo menos hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Sus menciones esporádicas durante el XVI y el XVII apuntan sobre todo al sentido del original latino, que se refiere a una "puebla o término de tierra que se ha poblado de gente extranjera, sacada de la ciudad, que es señora de aquel territorio o llevada de otra parte" (Covarrubias). La antigua transplantación de soldados y ciudadanos romanos a territorios alejados era entendida en la España del XVI y XVII como una forma de dominación que no necesariamente implicaba la reproducción de todas las instituciones y la transformación identitaria de los pueblos dominados. Tal es el sentido que, al parecer, le dio en 1530 Pedro Mártir de Anglería a la primera fundación urbana hecha por Cortés en México en 1519: "De Colonia deducenda, Progubernatore Cubæ Dieco Velasquez incõsulto, consiliu˜ ineunt" (Opera, Década Cuarta, Cap. 7, f. 60v, [154]), traducible como "deliberaron fundar una colonia, y no contaron con el vicegobernador de Cuba, Diego Velázquez" (Mártir, Décadas del Nuevo Mundo 333). Asimismo, poco después: "[…] ad leucas inde duodecim in gleba fortunatissima fundãdæ Coloniæ locum designant" (Opera, Década Cuarta, Cap. 7, f. 60v, [154]), que significa "a doce leguas de allí, en fertilísimo suelo, señalaron un sitio para levantar una colonia" (Mártir, Décadas 333). Todo indica que Pedro Mártir concibe esas primeras fundaciones (la de la Villa Rica de la Veracruz, en este caso) como sinónimo de "población" y como etapa previa a un proyecto mayor, que incluiría la evangelización, pero que excede los propósitos más bien estratégicos y militares de la "colonia" .

Su aplicación desligada de connotaciones evangelizadoras y con estricta atención a la ganancia económica era, sin embargo, recomendada a la autoridad real. Así fue como, en algún momento, lo entendió nadie menos que el Inca Garcilaso, quien en 1605, en el "Proemio al lector" de La Florida del Inca, anima a España "a la ganar y poblar [la Florida], aunque sin lo principal q˜ es el aumento de nuesstra sancta fè Catholica, no sea mas de para hazer colonias, donde embie a habitar sus hijos, como hazian los antiguos Romanos, quando no cabian en su patria" (Vega, f. s. n., énfasis agregado). Sin embargo, el término admitía otras acepciones y el ya citado Covarrubias lo confirma con un segundo significado, no menos interesante: "También se llamaba colonias las que pobladas de sus antiguos moradores les avia el pueblo romano dado los privilegios de tales". Es decir, que "colonia" se entendía hacia principios del XVII como enclave sin necesaria transformación de las estructuras sociales y prácticas religiosas de los nativos, y también como población oriunda sujeta a un poder imperial y con los privilegios de los ciudadanos de la metrópoli.

Con todo, el sentido antiguo fue el que prevaleció, hasta el punto de que la única razón por la que en 1648 Juan de Solórzano admitía el vocablo era porque "el Nuevo Orbe se debio llamar Colonia, o Columbania, del nombre de don Christobal Colon, o Columbo" (f. 79). Es decir, con un significado históricamente novedoso y disminuyendo la relación del sentido antiguo de "colonia" con la realidad de las posesiones españolas de Ultramar, a las cuales por consenso y lenguaje oficial se les denominaba simplemente "reinos de la Corona de Castilla" o "virreinatos", entendidos más como provincias con los fueros y estatutos del reino central que como meras colonias extractivas .

Ahora bien, no se trata aquí de limar las asperezas y declarar que el mencionado periodo de la historia hispanoamericana estuvo exento de las relaciones de dominación extranjera y explotación con las que se identifica el uso actual y moderno de "colonia", modelado más bien a partir del llamado "Segundo Imperio Británico" (1776-1914), sobre todo en Sudáfrica y la India . Sin duda, hubo muchos aspectos que hoy llamaríamos coloniales en el tratamiento de la población indígena, aspectos en los que cada individuo veía su posibilidad de identificarse con otros explotados principalmente por su origen indiano y su dominador común: la autoridad española. Pese a los esfuerzos de la Corona por dictar leyes protectivas y a los alegatos valientes de miembros del clero que echaban mano del género arbitrista para denunciar las atrocidades y aprovechamientos cometidos por numerosos oficiales de la Corona, la aplicación del control tributario y de la extracción minera caía muy lejos de lo oficialmente establecido. Y el propio rey era consciente de eso. Solórzano reproduce en los preliminares de su Política indiana fragmentos de un edicto de Felipe IV emitido el 3 de julio de 1627, en que brilla con luz propia la orientación (al menos formal) de la política imperial con respecto a la población indígena: "Encarezco el cuidado, i vigilancia en procurar la salud, amparo, i defensa temporal de los Indios, i en despachar, i promulgar casi todos los dias, leyes y penas gravissimas contra los transgressores" (Solórzano, f. s. n.). Asimismo, dictaminaba que "del todo se quitassen, i castigassen las injurias, i opressiones de los Indios, i los servicios personales, q˜ se endereçaban à particulares aprovechamientos, i grãgerias […]" (ibid.). Finalmente, enfatizaba:

 

Quiero que me deis satisfaccion a Mi, i al Mundo, del modo de tratar essos mis vassallos, i de no hazerlo, con que en respuesta de esta carta vea Yo executados exemplares castigos en los que huuieren excedido en esta parte, me darè por deservido […] por ser contra Dios, contra Mi, i en total destruiciõ de essos Reinos, cuyos Naturales estimo, i quiero sean tratados, como lo merecen vassallos, que tanto sirven à la Monarchia, y tãto la han engrãdecido, e ilustrado (ibid.).

 

La actitud, en sí, no es nada original. Desde el revuelo causado por las Leyes Nuevas de 1542 y la influencia lascasiana, los encomenderos vieron sus esfuerzos mal recompensados con una legislación que coactaba sus derechos y señorío, dando paso al sistema de los corregimientos y al andamiaje de fueros específicos para los nativos dentro de un cuerpo de leyes o una república distinta, como se denominaba en la época. Para nadie es secreto, sin embargo, que pese a sus aparentes buenas intenciones, la legislación de la segunda mitad del XVI consolidó el poder de la Casa Real y neutralizó el desarrollo de una nobleza ultramarina con un poder político y simbólico que desafiara el tradicional dominio de la aristocracia peninsular . A pesar de serias intentonas como la rebelión de Gonzalo Pizarro (1544-48), la triunfante hegemonía metropolitana no significó que amainara el masivo despoblamiento indígena ni mejoraran -todo lo contrario- las condiciones de vida de los sobrevivientes .

Es en estas circunstancias apretadamente descritas que empieza a hacerse compleja y única en la historia la realidad social y cultural de los dominios de Ultramar. Si bien la "república de españoles" recogía en su seno a los nacidos en Indias de padres peninsulares, era común la referencia a un origen "sombrío" entre los criollos y mestizos de las primeras generaciones. Sobre todo en el segundo caso, en que la evidente sangre indígena supuestamente predisponía al individuo a inclinaciones idolátricas, pero también en el primero, en que se ha llegado a registrar un 20 a 40 % de mestizos reales en individuos denominados con la categoría de "criollos" (v. Kuznesof; Poot-Herrera; Schwartz). Desamparados por la pérdida de las posesiones paternas y sospechosos de aficiones díscolas y proto-idolátricas, los criollos de las primeras generaciones acusaron recibo del trato discriminatorio que solía aplicárseles en la partija de cargos y privilegios . El nombre "criollo" empieza a usarse, aplicado a estos neo-europeos, por lo menos desde 1567, pero en sí mismo tiene un origen intencionadamente insultante, pues se tomó del apelativo inicialmente destinado para los hijos de esclavos africanos nacidos fuera del África (v. Lavallé, Las promesas 15-25). Lo cierto es, pues, como sostuve en otro lugar y resulta útil recordar, que la categoría de criollo se refiere más bien a un fundamento social y legal, antes que estrictamente biológico. Implica también un sentimiento de pertenencia a la tierra y un afán de señorío (presentes incluso en los conquistadores, antes de que nacieran los primeros criollos, como proponen Lafaye [7-8] y Lavallé ["Del 'espíritu colonial'" 39-41]), así como una aspiración dinástica basada en la conquista que distinguía a sus miembros del resto del conjunto social de los virreinatos (v. Mazzotti "La heterogeneidad colonial", 173-75).

Los criollos, sin embargo, encontraron diversas formas de negociar con el poder ultramarino, tratando de acomodarse dentro del sistema burocrático y la organización eclesiástica a través de alianzas con los peninsulares, pero en la mayoría de los casos subrayando sus propios derechos. El reclamo constante por la prelación o preferencia debida a los españoles nativos de los reinos de Ultramar estuvo presente en casi todas las instancias de la vida cotidiana y jurídica. En algunos casos, incluso, encontró el respaldo relativo de altas autoridades como el propio Virrey . Y Solórzano -oidor casado con criolla limeña, pese a las prohibiciones en ese sentido- es muy claro con respecto a su apoyo:

 

[…] no se puede dudar que sean [los Criollos] verdaderos Españoles, y como tales hayan de gozar sus derechos, honras y privilegios, y ser juzgados por ellos, supuesto que las Provincias de las Indias son como auctuario de las de España, y accesoriamente unidas e incorporadas en ellas, como expresamente lo tienen declarado muchas Cédulas Reales que de esto tratan (Libro II, Cap. XXX, f. 245).

 

Por eso mismo, continúa,

 

los Criollos hazen con estos [los Españoles] un cuerpo, i un Reino, i son vassallos de un mesmo Rey, [i] no se les puede hazer mayor agravio, que intentar excluirles de estos honores (f. 246).

 

Sin embargo, la tendencia general fue la de un marginamiento sistemático que no todas las autoridades se atrevían a evitar, dada la práctica común de la Corona de no nombrar en sus virreinatos ni gobernaciones un cuerpo directivo compuesto por los propios habitantes, sino por miembros de la nobleza castellana . Desde el punto de vista de la percepción, sin embargo, el desprecio implícito en el marginamiento de los criollos bien podría formar parte de una primera "disputa del Nuevo Mundo", tal como la que eruditamente reconstruyó don Antonello Gerbi para la bibliografía ilustrada del siglo XVIII. Por ejemplo, para el caso de los criollos del XVI y el XVII, insultos como los del temible Cristóbal Suárez de Figueroa no eran poco frecuentes. Decía en 1614 el autor español, en boca del "Doctor" de El passagero, que

 

Las Indias, para mí, no sé qué tienen de malo, que hasta su nombre aborrezco. Todo quanto viene de allá es muy diferente, y aun opuesto, yua a decir, de lo que en España posseemos y gozamos. Pues los hombres (queden siempre reseruados los buenos) ¡qué redundantes, qué abundosos de palabras, qué estrechos de ánimo, qué inciertos de crédito y fe; cuán rendidos al interés, al ahorro! […] ¡Notables sabandijas crían los límites antárticos y occidentales! (225-26).

 

Semejante artillería fue una y otra vez contestada por numerosas páginas de criollas y criollistas exaltaciones del genio y figura de los distinguidos descendientes de conquistadores . Los nombres de Buenaventura de Salinas, Francisco Fernández de Córdoba, fray Antonio de la Calancha y muchos más se encargaron de levantar el andamiaje discursivo de una forma de la identidad hispana que se distingue de su homóloga peninsular en diversos aspectos, pero sin prefigurar por ello un ideario independentista ni mucho menos un igualamiento con las mayorías indígenas, africanas y de castas.

Uno de los aspectos que marcan esa separación y desarrollo relativamente diferenciable en el campo de las prácticas culturales y comunicativas es el propio español hablado en América, que acusa desde temprano rasgos de la variedad andaluza, pero que con el tiempo terminará diferenciándose de ella por medio de algunos cambios morfológicos y léxicos, sin mencionar el por ahora irrecuperable plano de las entonaciones . La diferencia, lejos de avergonzar a los españoles americanos (aunque estos serían, en rigor, llamados así sólo desde el XVIII), les daba motivo de orgullo y hasta de recriminación a los peninsulares por lo mal que se hablaba el castellano en España, a diferencia de las Indias. Bernardo de Balbuena, criollo novohispano por adopción, se encarga de expresarlo claramente en su Grandeza mexicana (1604):

 

Es [México] ciudad de notable policia

Y donde se habla el Español lenguaje

Mas puro y con mayor cortesania.

 

Vestido de un bellissimo ropaje

Que le da propiedad, gracia, agudeza,

En casto, limpio, liso y graue traje

 

("Epílogo", estrofas 30-31, f. 111v).

 

Si de la lengua pasamos a las cualidades espirituales que se expresan en tal variedad regional del castellano, la autoglorificación no es menos colorida que abundante. Para muestra, un botón: el Doctor Juan de Cárdenas titula el Cap. II del Libro Tercero de sus Problemas y secretos maravillosos de las Indias con una referencia a "los Españoles nacidos en las Indias[, que son] por la mayor parte de ingenio biuo, tracendido y delicado" (f. 176v), en alusión directa a los criollos mexicanos . En el Perú, Buenaventura de Salinas proclamaba que los criollos "son con todo estremo agudos, viuos, sutiles, y profundos en todo genero de ciencias", y que "este cielo y clima del Pirú los leuanta, y ennoblece en animos" ([1630] 1951, 246). Ya en 1620, Francisco Fernández de Córdoba, el admirado letrado huanuqueño que serviría como una de las fuentes de Salinas (Duviols 108 y 114), había proclamado públicamente conceptos semejantes: "los Criollos", dice, son "hijos de la nobleza mejorada con su valor, [...] siendo más aventajados en esta transplantación, [de lo] que fueron en su nativo plantel" (8). Por último, Calancha los coloca en la cúspide de la pirámide biológica e intelectual de la humanidad, por encima, naturalmente, de los peninsulares . Esta ingénita capacidad y su mejor conocimiento de la tierra y la población indígena los coloca en posición ventajosa para hablar en defensa de los indios y, por ende, asumir la dirección administrativa de los Virreinatos (v. Mazzotti, "La heterogeneidad colonial").

Igualmente, la amplia literatura exaltadora de ciudades o riquezas físicas y territoriales formaba su propia bibliografía corográfica. Desde la ya citada Grandeza mexicana, de Balbuena, hasta el Paraíso occidental, de Sigüenza; o desde la Fundación y grandezas de Lima, de Rodrigo de Valdés, hasta la maltratada Lima fundada, de Peralta, las descripciones superlativas de ciudades o territorios americanos revelan más bien el perfil psicológico de sus autores, su locus subjetivo de enunciación, y, consecuentemente, su constitución como sujeto de discurso y como sujeto social . Por ello mismo, aquí conviene detenerse un poco.

He venido refiriéndome a la diferencia criolla en relación con el modelo peninsular de habla, cortesanía, altura moral y espiritual, conocimiento de la población indígena y superioridad geográfica, pero aún no he situado los ejemplos anteriores dentro de una delimitación teórica de la subjetividad aludida. De esta manera, conviene apuntar que el empleo del término "agencia" tiene su razón de ser frente al más común y casi omnipresente de "sujeto". John Mowitt identifica la agencia "with the general preconditions that make the theoretical articulation of the critique of the subject possible" (xii). Como parece obvio, resulta difícil articular las especificidades de la cultura y las subjetividades criollas sin definir esas "general preconditions" en las cuales interactúan determinados individuos y grupos sociales. Por eso, recordar la posición ambigua de muchos criollos ante las autoridades peninsulares parece no sólo productivo, sino también imprescindible. Ellos eran españoles, pero no en un sentido completo. Eran americanos, pero al mismo tiempo establecían sus claras distancias y discrepancias con la población indígena, africana y las numerosas castas con las que compartían el mismo territorio . Se corre el riesgo de definir monolíticamente su identidad si a través de la abstracción se elimina la importancia del carácter dialógico e interactivo -distancias y discrepancias- de toda conducta de la elite criolla en relación con su medio. Como señala Paul Smith, "[in some way] theoretical discourse limits the definition of the human agent in order to be able to call him/her the 'subject'" (30). No es raro entonces que la categoría de "agencia" resulte más flexible y dinámica que la de "sujeto", precisamente porque "the human agent exceeds the 'subject' as it is constructed in and by much postestructuralist theory as well as by those discourses against which postestructuralist theory claims to pose itself" (ibid.). Las agencias criollas se definen, así, por sus proteicos perfiles en el plano político y declarativo, pero a la vez por una persistente capacidad de diferenciarse de las otras formas de la nacionalidad étnica . Y esto porque, como hemos dicho, la peculiaridad del sistema español de dominación sobre el Nuevo Mundo permitía, además del traslado de instituciones y fueros, el crecimiento de un grupo social nativo y novedoso que supuestamente serviría como fuerza de penetración ideológica (y, naturalmente, biológica) entre la población indígena. Es curioso que en las clasificaciones modernas de los distintos sistemas coloniales de la historia occidental, las peculiaridades hispanoamericanas salten a la vista. Así ocurre, por ejemplo, en Colonialism, de Osterhammel, donde, de los tres sistemas distinguidos (colonias de explotación, enclaves marítimos y colonias de asentamiento), se incluye la variante hispanoamericana continental sólo en el primero, con la aclaración de que "European immigration led to an urban mixed society with a dominating creole minority" (Osterhammel 11), fenómeno que no se observa en ningún otro caso de la historia . De ahí que se discuta aún la aplicabilidad del término "postcolonial" para la América Latina continental, más aun si el proceso de emancipación contra España fue liderado por sectores instersticiales como el de los criollos, y en realidad significó en la práctica una prolongación de la dominación étnica neo-europea sobre las poblaciones indígenas y negras a lo largo de los siglos XIX y XX. En pocas palabras, según algunos críticos latinoamericanos (p. ej. Klor de Alva, "The Postcolonization" 270), nuestros países no han dejado de ser coloniales, o en el mejor de los casos, resultan simplemente neocoloniales, y por lo tanto el prefijo "post" le queda demasiado grande a la experiencia histórica y cotidiana de la región .

Sin embargo, puede que sea útil plantear algunas ideas acerca del aparato teórico que ha renovado sustancialmente los estudios coloniales sobre Asia y África en la academia boreal, y vincular -si es posible- sus esfuerzos al campo hispanoamericano.

 

2. ALCANCES Y LIMITACIONES DE LA TEORÍA POSTCOLONIAL.

Como es de común saber, la gran renovación de los estudios literarios "coloniales" hispanoamericanos procede en buena medida -pero no solamente- de la gravitación que en las ciencias humanas y sociales ha tenido el pensamiento postestructuralista francés de la década del 60 en adelante. El influjo general de los escritos de Michel Foucault, Jacques Lacan y Jacques Derrida, especialmente, llegó al punto de que sus nombres resultaron referencias obligadas en la búsqueda por la renovación de los propios métodos y objetos de estudio. Las "formaciones discursivas" a las que Foucault constantemente alude, entre las que sin duda se encuentran las disciplinas académicas tal como fueron concebidas tradicionalmente, a manera de estancos compartimentalizados de conocimiento, no sólo modificaron su visión interna de su producción de saber en relación con el poder político, sino que por ello mismo se esforzaron por encontrar nuevos caminos de investigación, ampliando notablemente sus objetos de estudio y revisando su función social. En el caso de la crítica "colonial", la interdisciplinariedad quedaba, pues, abierta como la mejor vía para una comprensión idónea de la producción letrada dentro de toda su compleja red de significaciones, cambiando los paradigmas de "autor" por "sujeto" y de "texto" por "discurso" (Adorno, "Nuevas perspectivas") e, incluso, más adelante, el de "discurso" por "semiosis" (Mignolo, "Afterword", "La semiosis colonial", "Colonial and Postcolonial"). De este modo -y parcialmente- se desestetizaba saludablemente el ejercicio de la disciplina, y se incluían en la mira numerosos textos no literarios y muchas formas de representación no textual que revelaban un quehacer cultural antes invisible a los ojos de la crítica centrada sólo en autores profesionalizados. El campo, pues, se transformaba en vehículo de liberación -conceptual, al menos- y se resistía a seguir sirviendo como instrumento de una anticuada dominación teórica en las ciencias humanas, recogiendo en lo posible las muchas voces no escuchadas.

Asimismo, dentro de la tradición hispanoamericana, los trabajos de Ángel Rama y Antonio Cornejo Polar, entre otros, sirvieron para concebir la producción discursiva "colonial" como un vasto corpus difícilmente encasillable en las formas literarias más convencionales. El fundamental libro póstumo de Rama, La ciudad letrada, así como los esbozos del marco de la heterogeneidad cultural desde los tempranos estudios de Cornejo Polar (v. Mazzotti, en prensa), señalaban ya que la literatura del periodo de dominación española se alimentaba y dialogaba con un intenso mar de voces y memorias, de cuya manipulación o silenciamiento resultaba causa directa. Y esto no sólo en el plano de las vigencias estéticas. De este modo, revalorar la producción "colonial" ya no en función de su dependencia de los modelos europeos, sino también en lo que su propia complejidad interna nos dice sobre el mundo inmediato en el que surgió, abrió las puertas para un cuestionamiento saludable del canon, reinsertándolo dentro del corpus y reconfigurándolo sustancialmente. La oralidad indígena salió ganando, para descubrirse a sí misma reina y señora de las preocupaciones actuales. Pero, en función de su propia ajenidad (un sistema lingüístico en posición de inferioridad diglósica), y de sus propios marcos de aparición y eficacia sociocomunicativa, forzó a las recientes generaciones de "colonialistas" a apropiarse de las herramientas de otras disciplinas, que podían ayudar a ejercer lecturas novedosas de discursos canónicos y no canónicos.

Una de esas otras disciplinas -aunque en realidad empapa todas las humanidades, y por lo tanto es más bien un campo y una herramienta común que otra cosa- es la conocida teoría postcolonial. No repetiré la historia de sus orígenes generalmente atribuidos a Orientalism (1978) de Edward Said, así como sus antecedentes inmediatos, Frantz Fanon y Aimé Césaire, rescatados también como figuras centrales en las luchas anticoloniales del siglo XX. Para todo eso ya existen suficientes compilaciones e introducciones . Conviene señalar solamente que la teoría postcolonial tiene en realidad una amplia gama de exponentes y casi ninguna forma fija y definida. Incluso, se debate el alcance de sus postulados y métodos (una atención especial a la producción cultural y un manejo interdisciplinario evidente) como marco general para explicar toda situación en que las subjetividades se ven mediatizadas (tanto en las metrópolis como en las periferias) por relaciones de poder colonial. Además de Said, la "Santísima Trinidad" de la teoría postcolonial (como la llama Robert Young en Colonial Desire) se completa con las figuras de Homi Bhabha y Gayatri Chakravorty Spivak. En todos ellos, aunque en cada uno en diferentes medidas, el directo influjo de la "alta" teoría francesa (Foucault, Lacan, Derrida, casi respectivamente) ha sido crucial y ha corrido paralelo al desarrollo del campo "colonial" hispanoamericano.

Igualmente, hay que diferenciar la teoría postcolonial de la crítica postcolonial, con la cual guarda una relación de mutua atracción y rechazo, sobre todo porque algunos de los críticos (Aijaz Ahmad, Benita Parry, Arif Dirlik y Chinweizu, entre otros) no ven un compromiso político serio con las luchas por la liberación de los países del Tercer Mundo por parte de los teóricos más connotados, sino simplemente una traducción y variación para la academia anglofónica de los pensadores franceses ya mencionados y una discutible relación con el análisis de clase y de modos de producción económica (sobre todo en Said, y más en Bhabha), que enfatizó el tradicional análisis marxista del problema colonial. Al mismo tiempo, otro sector de la crítica postcolonial (Paul Gilroy, Wole Soyinka y Robert Young, por ejemplo) ve en el marxismo sobre todo una versión ilustrada de la razón universal europea, que intenta homogeneizar otras racionalidades a partir de una narrativa de progreso y modernidad que descuida las particularidades culturales de las sociedades no occidentales a las que se aplica.

Este grueso panorama tiene como fin introducir algunas críticas ya establecidas tanto en el mundo angloparlante como en el específico hispanoamericano, y a la vez analizar dos o tres categorías de los teóricos postcoloniales y su posible utilidad en los estudios literarios "coloniales" del periodo de dominación española en la región. Por eso, conviene recordar que desde su mismo origen, el término "postcolonial" se empleó estrictamente para hablar de la situación de aquellas ex colonias europeas en África y Asia liberadas luego de la Segunda Guerra Mundial (Ahmad, "The Politics of Literary Postcoloniality" 5-7). La meditación sobre ese contexto específico y sobre la producción cultural que constituía su marca de identidad estaba destinada a ejercer una función terapéutica, post-traumática, mediante el examen riguroso del pasado y su violencia racial. El "deseo de olvidar el pasado colonial" (Ghandi 4), de encontrar en la amnesia postcolonial la satisfacción para una urgencia por reinventarse, quedó frustrado por la recurrencia de ese pasado en todas las formas de la vida cotidiana y muchas del pensamiento artístico. Así, los estudios postcoloniales surgieron como "a disciplinary project devoted to the academic task of revisiting, remembering, and, crucially, interrogating the colonial past" (ibid.).

En esa interrogación del reciente pasado colonial africano y asiático, se ha intentado revertir el flujo universalizador de la razón ilustrada y provincializar simbólicamente a Europa, encontrando en la lógica del dominio colonial una enfermedad ("the darker side of Enlightment", como diría Mignolo) que atraviesa el centro mismo de su episteme "liberadora". Recordar ese pasado, para Bhabha, no es un mero acto de introspección, sino más bien un re-membrar, un poner juntas las piezas de un cuerpo mutilado a fin de recuperar en el presente las marcas de la identidad perdida (The Location of Culture 63). Con un obvio bagaje bajtiniano y lacaniano, Bhabha incursiona en el análisis del discurso colonial (al menos durante la que Moore-Gilbert [114] clasifica como su primera etapa de pensamiento, de 1980 a 1988), y enfrenta el problema de la mímica y la hibridez del sujeto colonial en el contexto de la dominación inglesa en la India. En su célebre ensayo "Of Mimicry and Man", del 84 (luego revisado para The Location of Culture), Bhabha sitúa el efecto de la mímica y la respuesta del simulacro que hace del colonizado cercano al aparato de poder inglés un remedo descentrador de la propia identidad del sujeto colonizador al no poder reconocerse plenamente en ese "otro" que le habla en inglés y se viste como él. Partiendo del concepto bajtiniano de "hibridismo", Bhabha desarrolla su propia definición: "hybridity is a problematic of colonial representation […] that reverses the effects of the colonialist disavowal, so that other 'denied' knowledges enter upon the dominant discourse and estrange the basis of its authority" ("Signs Taken for Wonders" 156). En ese sentido, se desata una cadena de mensajes desestabilizadores, que reflejan por parte del sujeto dominado un uso metonímico de los patrones discursivos y culturales del dominante, pero que no llegan a ocultar en ese uso aquellos rasgos propios que despertarán en el colonizador una paranoia profunda. Aun más profunda que la ambivalencia (la cual implica identificaciones dobles por parte del colonizado y del colonizador, según Young, Colonial Desire 161), la mímica "implies an even greater loss of control for the colonizer, of inevitable processes of counter-domination produced by a miming of the very operation of domination, with the result that the identity of colonizer and colonized becomes curiously elided" (Young, White Mythologies 148). Para Bhabha, la mímica se convierte en una agencia sin sujeto que asemeja a un "otro" sin llegar a serlo plenamente a los ojos del colonizador (v. Young, id.).

Como se ve, las categorías y métodos del psicoanálisis lacaniano sirven en este caso para la descripción de mentalidades que tienen como base epistemológica dominante una razón universalizadora. Aplicadas a los casos de pobladores nativos de la India directamente afectados por la presencia colonial, su ejercicio por parte del(os) teórico(s) postcolonial(es) revela un universo de sentido que la historiografía economicista no llega siquiera a vislumbrar. Ahora bien, a pesar de que quedaría mucho más por decir de los trabajos de Bhabha, así como de Albert Memmi y su dualismo básico, de la internalización del enemigo en Ashis Nandy, o de los estudios subalternos y sus aportes a la historiografía sudasiática , las implicancias de este aparato conceptual suelen pasar por alto, en el caso hispanoamericano, dos aspectos fundamentales. Primero, el que durante los siglos XVI y XVII las relaciones de poder y dominación están orientadas ante todo por una voluntad oficial de llevar verdades religiosas consideradas inapelables al centro mismo de la subjetividad de los dominados, en este caso las poblaciones indígenas . Esto, naturalmente, no elimina ni necesariamente supera las consecuencias prácticas de la política imperial ni los deseos individuales de peninsulares advenedizos por un enriquecimiento súbito. Sin embargo, el análisis del discurso "colonial" hispanoamericano debe inevitablemente pasar por el tamiz de esta concepción trascendentalista de las operaciones dominantes -con su preocupación neotomista por el "bien común" y la "gloria externa de Dios"- si desea mantenerse en contexto. Segundo, que en el caso específico de los criollos, la idea de simulacro o de mímica puede resultar insuficiente, ya que no se trata aquí de un "otro" que se transfigura en presencia de la autoridad metropolitana, sino de individuos que se autoconciben como parte del poder imperial, y sin embargo no se consideran a sí mismos extranjeros. ¿Cómo resolver este dilema? Quizá el concepto más cercano al campo hispanoamericano de la versión de Bhabha de la teoría postcolonial sea el concepto ya mencionado de ambivalencia, en que las lealtades y los rechazos duales nos pintan un sujeto ontológicamente inestable, en plano de igualdad y hasta superioridad frente a los españoles, y sin embargo en situación de inferioridad en cuanto a su representación política. Pese a ello, y en cualquier caso, la carencia de un conocimiento seguro de las "general preconditions" a las que aludía Mowitt puede llevar a traslados quizá demasiado simplificadores de la complejidad hispanoamericana . Además, hay que considerar que las ambivalencias criollas no son necesariamente simultáneas, sino alternas, lo cual podría generar desde cierta mirada crítica un cuadro metafóricamente esquizofrénico. De cualquier manera, algunas de sus manifestaciones también pueden ser descritas dentro de la categoría de "imitación diferencial" que Claude-Gilbert Dubois propone para el manierismo.

Pese a su relativa antigüedad (de más de veinte años) y a las numerosas críticas recibidas desde adentro y desde afuera , es posible considerar que el aparente encubrimiento que el prefijo "post" implica con respecto a situaciones neocoloniales podría ser subvertido si se recuerdan las palabras de Lyotard sobre la oposición que genera el prefijo ante toda situación de dominación. Propone Lyotard que dicho prefijo sugiere que "it is possible and necessary to break with tradition and institute absolutely new ways of living and thinking" (90). En un sentido amplio, como también ha señalado Gianni Vattimo en El fin de la modernidad, el prefijo "post" no necesariamente significa una secuencia temporal, sino simplemente una práctica oposicional que puede darse dentro de un estado de dominación extranjera o incluso cuando la historia enseña que, en rigor, no se puede hablar de "colonias" en el sentido actual de la palabra para los casos hispanoamericanos. Esto indica un sentido de superación, implícito en el prefijo de marras, y el hecho de que el deseo de la liberación (al menos desde los sectores directamente dominados, como los indígenas y africanos) ya significa de por sí la simultaneidad relativa de subjetividades divergentes. Así lo propone también Bhabha cuando afirma que "the epistemological 'limits' of those ethnocentric ideas [of postenlightenment rationalism] are also the enunciative boundaries of a range of other dissonant, even dissident histories and voices" (The Location 4-5) .

No olvidemos, sin embargo, que el campo hispanoamericano apenas si resulta considerado en el debate actual y en la enorme difusión que ha adquirido la teoría postcolonial en la academia boreal. Ghandi, por ejemplo, al criticar el domesticamiento del saber tercermundista por parte de los teóricos postcoloniales, que "alterizan" categorías de conocimiento y referencias centrales dentro las culturas post o neocoloniales para acomodarlas a la episteme occidental, señala que "rarely does it [postcolonial theory] engage with the theoretical self-sufficiency of Africa, Indian, Korean, Chinese knowledge systems" (x). Como se ve, el pensamiento hispano y latinoamericano en general brilla por su ausencia en esta preocupación angloparlante .

 

3. LA ESPECIFICIDAD HISPANOAMERICANA.

Según se colige de los apuntes anteriores, no deja de ser interesante la aplicación de los conceptos de "camuflaje", "hibridación" o "mímica" a instancias y textos criollos que oscilan entre subjetividades encontradas. Las agencias criollas se manifiestan en diferentes contextos y en diferentes direcciones, lo cual nos retorna a la idea inicial de que su relación "colonial" con la metrópoli es casi siempre dual. Háblese de "colonia" o de "virreinato" (hechas las aclaraciones pertinentes sobre el hecho de que el concepto de "colonia" o "factoría" no explica realmente el sistema de dominación española antes de las reformas borbónicas de la segunda mitad del siglo XVIII) , lo cierto es que las subjetividades pre-ilustradas de nuestros letrados criollos frecuentemente adoptaban caminos de expresión que explícita o implícitamente marcaban la diferencia con las otras "naciones" y a la vez planteaban una forma de superioridad con la metrópoli.

Cada caso es distinto y, como siempre, resulta difícil unimismar el laberinto de subjetividades de todo el conjunto criollo. Sobre los letrados mexicanos y peruanos a los que en su mayoría se dedican los trabajos de este volumen, se puede afirmar que desarrollan formas de conciencia sobre la diferencia y sujeción al poder ultramarino desde las primeras décadas de la presencia española en el Nuevo Mundo. El principio del "pacto de sujeción" es debidamente analizado por Bernard Lavallé, quien traza los lineamientos generales de la legislación indiana y de qué manera los criollos se sitúan y enfrentan a ella a través de numerosas negociaciones concentradas en los tres pactos de sujeción durante el periodo virreinal. Por su lado, Solange Alberro subraya la importancia de dos factores en el surgimiento temprano de una conciencia criolla en la Nueva España: el "proceso adaptativo" de los primeros conquistadores y pobladores hispanos y la agencia (en el sentido propio de "diligencia") de un sector del clero por transmutar esas aspiraciones criollas en símbolos de la práctica religiosa que no ignoraban los elementos de la cultura nativa. En el siguiente trabajo, Mary Gaylord explica cómo los hechos de la conquista de México contribuyen a forjar una voz metropolitana descentrada, como la de Gabriel Lobo Lasso de la Vega en su Mexicana, que antecede en buena medida a algunos de los postulados y modalidades estéticas del Barroco, a partir de una voz alterada en función de la experiencia cortesiana. Con eso, nos entrega una visión novedosa sobre el desarrollo del arte europeo a partir del impacto de la presencia americana. Inmediatamente después viene el trabajo de Yolanda Martínez-San Miguel sobre la segunda carta de Cortés y su estrategia retórica, en la que propone la ciudad de México-Tenochtitlan como objeto de deseo que marca por su abundancia y exceso un rasgo particular de las letras hispanoamericanas tempranas. Sigue la colaboración de Kathleen Ross sobre el enigmático Tratado del descubrimiento de las Indias del criollo mexicano Juan Suárez de Peralta y su carácter chismográfico como modo de representación de una subjetividad marginada en el contexto imperial del aplastamiento sobre las aspiraciones de sus congéneres criollos en la conspiración del Marqués Don Martín Cortés. Luego mi propio trabajo sobre Terrazas y Saavedra Guzmán como exponentes de un dislocamiento ontológico temprano por parte de un sector de la nobleza criolla mexicana. La sección de la Nueva España se cierra con el estudio de Mabel Moraña sobre el célebre relato del motín de junio de 1692 escrito por Carlos de Sigüenza y Góngora, con las ambigüedades propias de un representante de los criollos letrados en su relación con el poder imperial.

La segunda parte de este volumen trata aspectos de la cultura en el Virreinato de la Nueva Castilla o del Perú. Comienza con un artículo de Rolena Adorno que deja sentada una posición rotunda con respecto al polémico manuscrito de Nápoles en el cual se imputa la autoría de la Nueva Coronica de Waman Puma en favor del jesuita mestizo Blas Valera. Asimismo, subraya la importancia de este debate en sus implicancias sobre los estudios criollistas e indigenistas actuales. Paul Firbas la sigue en su rastreo del término "antártico" como signo de una separación (por parte de los letrados criollos o criollizados del Perú) toponímica y ontológica con respecto al ser de la dominación boreal y "ártica". Lo sigue Teodoro Hampe Martínez con una clara argumentación sobre los mecanismos políticos y jurídicos ejercidos por los criollos peruanos en el proceso de canonización de su paisana Rosa de Santa María, conocida también como Isabel Flores de Oliva o, más sencillamente, Santa Rosa de Lima. Continúa Pedro Lasarte en su nutrido contrapunteo de los dos más grandes satíricos del periodo virreinal, Mateo Rosas de Oquendo y Juan del Valle y Caviedes. Por último, cierra el volumen el no menos impecable trabajo de José A. Rodríguez-Garrido sobre la relación entre el ejercicio de la voz poética y el del poder en la Lima del Virrey Marqués de Castell-dos-Rius (1708-1710). Todos estos trabajos son contribuciones importantes a aspectos específicos del mare magnum del campo "colonial" en México y el Perú. Habrá, ciertamente, muchos temas que faltaría tratar en una visión enciclopédica de semejantes territorios y complejidades jurídico-sociales. Espero al menos que en conjunto sirvan como motor de debate y aclaración de caminos en varios aspectos importantes del campo.

Su mayor mérito consiste en tratar el problema del discurso criollo en sus propias coordenadas históricas. Cada uno de estos artículos se sustenta en investigaciones de campo principalmente centradas en el conocimiento de los hechos y la tradición discursiva hispanoamericana. Su erudición consiste no sólo en la exactitud y seriedad de los datos ofrecidos, sino especialmente -y como consecuencia natural- en la conciencia de una labor que no puede dejar de sostenerse sobre el manejo de archivos y fuentes directas de la producción primaria. En otras palabras, una compenetración directa (personal, biográfica, ideológica y cultural) con las realidades sobre las cuales se trabaja.

Aunque quedan, repito, muchos puntos por cubrir (bastaría pensar en las complejidades caribeñas y brasileñas), estos ensayos ponen al día el debate latinoamericano sobre el criollismo desde la disciplina literaria, y se ofrecen, así, como parte de un diálogo particularmente fecundo. El lector, esperamos, sabrá sacar provecho de ellos.

 

Cambridge, Mass., junio del 2000.

 

 

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