Castillo de popa

 

1988 y 1991

 

 

 


 

 

 

Hay una vaga brisa.

Mas mi alma está con lo que menos veo,

con el trasatlántico que entra,

porque él está con la Distancia, con la Mañana

con el sentido marítimo de esta hora,

con la dulzura dolorosa que me sube como una náusea,

como un comienzo de mareo, pero del espíritu

 

Pessoa

 

 

 


 

 

[introito]

 

 

Crujen las tablas y los cormoranes

toman asiento sobre la baranda. Los olores

de harina de pescado se apoderan

del canto solitario que suena en la toldilla, mientras

un grupo de guerreros murmura más abajo

el rumbo del galeón sobre las aguas negras.

Son negros también sus torpes dedos y son negras

las nubes que se enroscan en el mástil

anunciando el cierrapuertas y el jolgorio.

 

(Canta, canta, pato feo,

que todo lo que cantes quedará grabado

como el sueño de un pobre insensato

al derrumbarse las columnas de la villa, al rechinar

los cascos en la arena, recogiendo

los brazos y las piernas que asomen flotando

debajo del timón, entre las algas. Canta,

plantígrado impotente, los muslos de madera, y los pelos y los pies

del puerto que se extiende ante tus ojos

como una pradera de carbón: será tu país ese que cantes

pero no tu corazón, y aquel trozo de barro ensangrentado,

una vez un capitán lleno de gloria, hoy sólo duerme

perforando como el vino las gargantas de los comensales).

 

De la mesa descienden las cadenas detenidas

y del fondo del mar un vaivén lento anima el baile.

Las estrellas no alumbran esta noche, y un eructo infinito

atruena la ancha costa y las montañas.

El canto solitario

apesta a peces muertos.

Lo demás será mañana

comida de los cormoranes.

 

 


 

Valle del Santa / Invocación de Calíope y del olvido

 

para Fernando Málaga

 

 

Díctame, Musa, lo que tengas que decir.

No sea que me quede corto

para hablar de la heroína Domitila, hija segunda de Dionisia Champi,

madre de tres frescos varones, cuyo esposo

duerme la siesta larga en el penal de Huaraz.

 

(Por la casa en Monterrey baja el arroyo

cada tarde con olores de eucalipto y piedra. Más allá rezan los Baños

y en el centro un camino a la ciudad.

Nada se escucha sino el canto

de unos niños saliendo de la escuela; y hay verdura en esta tarde

en que baja Domitila con el cerro a cuestas).

 

"Hace dos años que me lo encerraron y sólo los domingos

puedo traerle su chuño y un poco de coca.

Por narco lo metieron, dicen, por chofer de unos señores

que mandaban de Huánuco su fruta".

 

(En la Casa de las Monjas, un viajero se introdujo

al mirar sobre la puerta el farol que meneaba.

"Doscientos la entrada, señor", y de pronto

se abrió un laberinto de puertas sin ventanas, y una gorda

con cara de huaco le sacó la lengua, y le contaba

que pensaba ejercer en Trujillo, que la dueña

les cobraba la comida y el camastro y que la vida era más dura

que el cuarto pestilente en el que reposaba, tarde

juntando uno a uno los pedazos

de un boleto a ningún lado.

Después invocó un primer amor y lloró, y la lluvia

fue como el llanto que en veinte años

no había podido soltar).

 

"Aquí las paredes son altas y nadie se atreve;

más bien entre todos ayudamos o le rajamos el alma

al que no quiere ayudar.

Cuento los días y cantamos huaynos:

ojalá reconsideren la instructiva

porque siento nostalgia de la muerte en este hueco húmedo

y un miedo de que nos incendien para ahorrar comida

y alzarse la plata...".

 

Domitila le lava la ropa a un profesor jubilado

mientras la noche se estrella en los cerros, y pasta.

 

"Si me diera más trabajo el señor. Y tengo todavía que subir a ver

si la Rosa ha dormido a los niños.

Quizá mi primo Juan me quiera prestar

pero querrá también tumbarme, y ya no estoy para más hijos.

Aunque un día de estos...".

 

Es febrero y relumbran los nevados.

Febrero de lluvia y Domitila espera.

¿Cuánto tiempo hasta la próxima cosecha?

Revuelve las hojas en la olla de barro. Viene el perro

y oliéndole los pies gira la cola y se sienta.

(Unos camiones allá abajo desgarran el silencio

como las manos de un guardia una camisa querida).

 

Díctame, Musa, si puedes, esta cólera

que es llanto y es olvido de un viajero

sobre el ómnibus blanco que la lluvia apedrea.

 


 

Bucólica / IV

 

Si selvas cantamos

sean dignas de un cónsul las selvas

Virgilio

 

"¿Tú eres de acá de Lima?".

"Sí", respondí, y no supe en qué sentencia me inscribía.

 

La sala era pequeña y humosa. En ella los cuadros completaban una puesta de sol

sin Herradura ni cerveza, dispuestos como una constelación sin figura

sobre un mar verde botella.

 

"Yo soy de Tarapoto", continuó. "Mis padres me trajeron

muy chico y desde entonces no he podido regresar.

Lo único que tengo es el recuerdo de los baños en el río

desnudo entre las plantas, escarbando el fluido transparente

por ver si limpiaba de vidrios el fondo.

Una vez me corté un pie

y esa tarde una hormiga cabezona me dejó sus alicates

y lo único que supe fue llorar".

 

La reunión comenzaba lentamente.

Una muchacha morena bailaba sin gracia

mientras iba recordando las volutas que el cigarro dejaba

envolviendo las corridas al grito de crecida, el sabor del masato en la garganta,

los eternos

laberintos que la selva ofrece.

 

La vida era entonces una sola sorpresa infinita. El pasto

en la cintura y el cielo más limpio de la tierra

brillaban de pronto para convertirse

en relámpago nocturno, mientras caía la lluvia pesada

(y el diluvio descargó su primera jornada y cuando los hombres se alistaban a salir no entendieron que la puerta de sus casas estaba atrancada con el mar)

todo para perderlo al día siguiente

con la visión del arco iris sobre el pueblo, aliviando

su alegría y alumbrando las frutas,

las caderas puntiagudas de las adolescentes.

 

"Allá mi primer amor se llamó Pichusa, y era una cholita

con los labios mojados. Teníamos seis años cuando nos besamos

en el jardín de la casa: allá todas las casas tienen huerto,

porque es inevitable

y porque no hay cómo alejar la nostalgia de las plantas

que son como el aire y las tarántulas: un solo misterio

sobre un continente que a nadie pertenece...".

 

Después de eso sorbió un trago y disparó:

"¿conoces esa tierra tan extraña?".

 

Y me aferré a lo único que me quedaba, el camino a pie desde la pista de aviones,

las tortugas que murieron en el invierno de Lima

y una muchacha de nombre acre

que me enseñó por vez primera la textura de un valle

entre dos carnes latigueadas de zancudos.

 

(Después vino un vacío repleto de calles

con nombres y fechas y humedad sin labios).

 

"Sí conozco", le dije.

"Pero nunca estuve por allá".

 


 

Pampas de Nazca

 

 

"He caminado los desiertos, he pisado

los terrones disecados por el sol, su panza abierta, y sólo he visto

el anuncio de mi valle, atravesado

por canales que son ríos, por ríos que son recuerdos, por ciudades

brillosas bajo el fuego transparente

del Sol y de la Luna.

Dime, bello Tesquis, si está lejos

el lugar donde tallamos sobre cántaros perfectos

el cuello de la garza y el despliegue

del cóndor sobre el mar dorado, dime

si un lomo de mujer aún refriega su dulcísima pelambre

en la tela que reúne los colores del mundo

de arriba y abajo, los tubérculos y el pico

de la humilde lagartija.

Sé que falta para refugiarnos, pero en tanto

recojamos la maleza y libremos el camino de guijarros

los grandes sacerdotes llegarán para hallar

el templo propicio donde puedan elevarse

a los astros y sus órdenes, sus leyes misteriosas...".

 

Numerosos carteles se ofrecen

como flores de madera en las aldeas de la pista. Quioscos

de todos los colores abren

sus bocas como bestias con piltrafas de vinílico.

También se puede usar un inodoro sin taza

y una gaseosa de pronto hará su aparición, desmintiendo

la largura del viaje y la estrechez de los asientos. Pálido paisaje que se ofrece

como imagen de un candil invisible.

Chicharrones de todas las medidas, pide

mi bello acompañante. "Hijo mío, sacia

si puedes tu avidez. Aún nos quedan demasiadas leguas

y el agua escasea, y una aguja nos traspasa".

 

Tesquis corretea por los espejismos, traza líneas

que el viento generoso apenas toca. Por el fondo de una fresca vegetación

se cuelan las estacas del primer poblado.

"Hemos llegado al fin, mi bello acompañante, hemos medido

la pampa rojiza donde el cielo desciende, donde todos

podemos conocer el inicio del tiempo y de la muerte.

Un enorme guerrero se transforma en araña, un mono flaco

enrolla su cola una vez en el año. La tierra se ha enjoyado

y el templo no posee una sola pared. Basta mirar las estrellas para adivinar

el orden y desorden de este reino...".

 

Los turistas se descuelgan en el viento y empaquetan los gigantes. El silencio

es un piano demasiado viejo.

"Es maravilloso", comentan.

Hacia el sur

Cahuache, Estaquería, los canales, permanecen

durmiendo en un fardo oxidado.

 

"Así empezamos a aprender

que el origen de las plantas y los animales tiene un sentido que está escrito.

Cosechar, bifurcar, hundir el semen

son hilos que se engarzan en un lienzo, y los trazos

descansan ocultos en el mundo. Fue por ello

que hicimos del aire un bello pueblo, por ello

que danzamos y aprendimos a imitar.

Muchas lunas han pasado, y sé que moriremos. Pero quedan

las líneas que se cruzan descifrando el cielo, las vasijas

royendo el vacío con sueños y bichos...".

 

"Nada hemos avanzado, hijo mío, sino visto

cómo un remolino de arena nos envuelve

creyendo vivir tiempos modernos. Nada

en la baba de un negro caracol nos deslumbró, nada madura

como el cactus y el zorro en medio del incendio. ¿Y dónde estuvo

el hombre que una vez supo leer, el hombre sabio

que extendió desde los montes caminos con agua, dónde quedan

las manos entrenadas y el ingenio de reyes?".

 

"Estamos aprendiendo, mi bello acompañante, estamos viendo.

Aprende a volar como el cóndor sobre el mar dorado, descubre

las letras del cielo y el inicio de las estaciones.

Tú vives en un mundo donde no hay estrellas, pues tus ojos

son ciegos y tus manos torpes. Aprendiendo

bajaremos transformados en guerreros. ¿Puedes verlo?

Deja que cruce la araña el inmenso desierto.

Mañana brotarán flores de carne, mañana

deja que el lienzo gire hasta amarrarse en el suelo.

Entonces habrás comprendido, y tus preguntas

serán como piedras apilándose en el agua de los cerros.

 

Mas tu tiempo no ha llegado todavía...".

 


 

Fábula de P. y G.

 

El viento pasa y levanta las crestas /

sobre ellas

irrumpe el riachuelo de este valle como hilo entre los dientes

se lo lleva todo / y los jirones aparecen vacíos sin una gota de carne, letrinas

donde extiende Polifemo su menuda testa y cabecea /

(el monstruo de Rodas y el estrecho) / enfunda y se recoge

en el redil espacioso donde encierra

cuanto viaje en su cabeza sucia

hubiera podido albergar.

 

"Galatea se lo lleva todo / soy un chancho / adoro su ranura

y cuando en ella regreso

al lugar originario del hombre olvido esta condición

que Nadie inventó de mí, sino las mismas calles que envuelven sus piernas

cuando la noche desciende

y el día que asoma puedo verlo desde mi estatura

detrás de los montes / fuera de todo mundo

real o irreal

porque sólo Ella existe en esta tierra pedregosa

húmeda y silente

como un fuego que anuncia

la redención de los que nunca fuimos héroes, marchitos, pusilánimes

condenados por el mito a la hoguera

de su leche y su miel,

Galatea, flor que te alzas ante un raro paisaje

sin que las olas más grandes te toquen

ni imanten

sino sólo estas cañas que soplo

cuando temo no verte y sentir que te rasgas

como el grano de polvo debajo de la uña.

 

Tú sola eres la medida inversa de lo que inventaron

los hombres: bajíos, herrajes, y hazañas que no fueron sino

grandes matanzas / cantadas

por hombres quizá menos presurosos pero con la misma angustia

de aquéllos.

Aquí puedo coger con una mano

toda la gloria del mundo. ¿Para qué buscar en la orilla

lo que no tenemos en sueños, si ellos solos contienen la trayectoria exacta

de cuanto afán se realice sin nudos, cristalino

y denso en lo demás, porque lo ordena y lo alivia...?".

 

Polifemo enmudece y el eco remueve en Galatea unos muslos

dorados y limpios.

 

"Galatea, mi amor, un solo rictus y tu voz,

un solo rictus y tu voz para dormirme...".

 


 

Relato de Auristela

 

 

"...Fue cuando encontramos un enorme bajel del cual asirnos

olvidando los extremos sucedidos en las tierras bárbaras, allá por el 68,

cuando por un premio

que nadie comprendía éramos secuestradas

y tenidas en infame cautiverio esperando el alivio de la muerte

según nuestras fatigas entendían que padres, hermanos

y reyes, todo lo que fuimos y sobre lo que gobernamos

hacía agua por diversos agujeros, y nuestros enemigos

subían a bordo y apretaban nudos, o pagaban buen precio

si nuestras figuras esbeltas respondían a sus ojos

como sé que respondí a más de un par.

Sin castigo ni gloria, sin premura,

el recuerdo de un país lejano donde la cortesía

desbordaba los manteles de las fiestas, los besos del jardín,

pesaba como el viento helado que sentí al no poder caminar

por calles que una vez creímos nuestras, donde enanos alhajados antes

traían noticias de mejores tierras, cien negros

con sus alabardas, un carro de dragones

y el hada madrina centelleando en el aire

sin que nadie sospechara una miga de error.

Oh, reino intonso, que quedaste

como escena montada en figura de mármol. Todas teníamos

por cauce natural llegar a tu orilla, y no ver este yermo

donde todo lo perdimos, este hoyo pestilente

donde hicieron vivirnos la flor juvenil, secándonos sin alba,

cerrándonos sin noche, olfateando

el antiguo renombre que una vez deleitamos, y hubo que soportar

el incendio de su clara torpeza

para irnos en el más liviano esquife, y encontrar, mi Señor,

huellas de la verdad, certezas de que los recuerdos

estilan conservarse en arca hundida, como joyas

colgando de mis hombros, ahora mujer bella, esperando tu espada sin broche

para gozar lo perdido...".

 


 

Pensamientos de Alarbe

 

 

"Suave reptil que en la edad primitiva deglutías

sin demora esta presa, no digas ahora que el vino como la miel

no te place, puesto que tú solamente podrías paladearlo

sin sombra que te deforme, puro y ancho, un claro túnel permanente

que guarda y recorre numerosos días, esperando

sin sueño y sin asombro el animal que bajará

a la fuente a mirarse adorado, pedazo de plata,

antes de que en tu niña

grabe su figura y se deshaga

una flor en el otoño,

querido.

 

Tú solamente expandes tus labios hasta encontrar la dureza de piernas

que galopan, cedro elevado en dos columnas que luego se derraman

sobre un plato de leche. Allí suben los hombres a mirarse, pero dejan algo

que al principio no comprendes, un ácido olor, una libreta

y los nombres se mezclan como las frescas tardes de mayo

cuando sales a pasear y recuperas casas, ruidos, álbunes,

retratos de una alfombra por la que volaste

sobre rostros cetrinos y ajados, confundiéndolos

con el miedo a la muerte que en tus ojos baila. Tú que eres

la gota más pura en el desierto, escucha mis palabras: ellas viajan

como potros alumbrando los cuartos oscuros por tomar

lo mejor y dejarlo a tus pies. Así quizá no veas

el inmenso cartel repetido a lo largo de plazas / tu cansancio

para abrir una botella en el silencio que aplasta.

Bello hocico revestido,

mírame: yo soy el animal que esta vez ha bajado

por el campo húmedo a tomar posesión. Embriágate y endulza

por ahora tu sed...".

 


 

Francesca / Inferno, V

 

 

Y estás viéndola de nuevo, sus ojos fatigados, sus manitas

cogiendo en cualquier parte su puño de tierra.

Viento repugnante que sostiene su cuerpo y lo empuja!

 

Una silla en el banco su destino / acostumbrada

a roer los esfínteres del diablo, Pancha (para los amigos)

bebe una y otra vez whisky on the rocks.

Y es una sola sombra larga,

Y es una sola sombra larga,

Y es una sola sombra larga cuando se desnuda en el verano

como una fruta chillando tras la cáscara roja.

"Clases de marketing los sábados, querido; los domingos

hacia el sur", y sus días van poniendo una a una

las piedras de su casa en la ciudad.

 

Todos sabemos su historia: la encontraron

besando en la cama un bello fantasma. Su marido

(un padre ofidio y cordial) le señaló con la espada el resto del camino.

 

Y es una sola sombra larga, Francesca, cuando mira

sobre el mar las alas verdes, azules, amarillas

de los pájaros flotando hacia otro mundo.

Empina su cerveza y seca el frasco:

un catovit,

dos catovit,

tres catovit,

son su pasaje favorito.

 

Ella también lo sabe, pero no se apura.

Francesca, mujer de 21 años, se deja arrastrar por el viento

de roca en roca y de pared en pared.

 

Su cadáver despierta todavía

el deseo de los transeúntes.

 


 

Pelícanos

para C.B.

 

Una tarde de insomnio, un juego mal usado: fichas por las que transcurren

los movimientos del rey lerdo en su colchón solitario.

A pesar de sus ojos el hombre que mira al cielo espera una flecha que lo arroje

en su viaje al origen de sus días: navegar, vagamente, entre la espuma

y dejar a un lado las piezas de un libro aburrido, los deberes con la tribu,

las respuestas

preparadas para el día del asalto.

Navegar, es lo único que quiere.

 

(Recuerda la mañana amarilla frente al mar

de Lambayeque: la pesca y el amor eran el mismo ejercicio

recogido en el silencio de la arena. Sólo tablas

y huesos de cangrejo estallando en la orilla, sólo tablas

chillando en el agua y el chasquido de las piedras).

 

Oh si el rey supiera avergonzado descubrir su camino, si alargara

el triángulo que cruza la neblina volviendo al hogar.

Una banda de pelícanos pasó por sus ojos; él ya no es el mismo:

 

unas fichas que son versos le impiden caminar.

 


 

Saudade

 

 

Adónde fueron los amigos, dónde

si una tarde en el muelle caminábamos

sorteando las astillas y diciendo: "mira ése, gran calado,

y mira ése, con su gavia...", y era entonces

la tarde menos lenta y el olor

el más bello del puerto.

 

Algas montadas sobre el campanario, amplios combeses

por donde jugábamos

a leer los mismos párrafos de libros empolvados. Ahora suenan

chapoteos de aceite en la ancha agua / un gato sube

más lejos del cielo que del bamboleo: los fuegos de la tarde

estallan sobre mi cabeza, y los amigos

caminan en silencio en la alta tabla:

 

para el gato no hay noche ni olvido

cuando charla con su sombra deshojada.

 


 

El estanque

 

Las cosas tienen precio. Lo es del poderío

La corrupción, del amor la no correspondencia

Y ser de aquella tierra lo pagas con no serlo

De ninguna: deambular, vacuo y nulo,

Por el mundo, que a Sansueña y sus hijos desconoce

Cernuda

 

 

Esto fue lo que heredamos: no ser siquiera

de aquella tierra, que serlo hubiera sido

serlo de ninguna, lo mismo que no serlo

es hozar en este suelo árido y nevoso, donde muchas tierras

albergan infinitos caseríos, las piedras y artefactos que trazaron

las sombras que cavaron por aquí

un punto habitable en el planeta.

 

Montes y desmontes, eucaliptos,

chorros de agua y olvido, y millares

de restos desfilaron por el cepo

de una historia que nunca conocimos, reducidos

a polvo, o quizá en el mismo estanque.

 

(Llora un sapo con suprema armonía, que aún se escucha

un ritmo semejante en los acordes de Laura).

 

Puede verse de todo: relucientes

bailarinas que no saben lo que sienten, financistas

esperando algún poeta que les dé la iniciativa, todo crece

de hacer perfectamente lo que nunca hizo nadie, de avanzarlo

como suburbio de aire en mitad del arenal.

 

(Sopla un viento furioso en una parte del tiempo.

Hay indicios; queda todavía

una intuición. Pero nunca se hizo lo que prometieron, ni siquiera

ser de allá, donde todo florecía

como un cúmulo de frases esparcidas

esperando el animal que las reciba; pobre dicha

donde un esclavo y una masoquista vinieron a ser

lo único sincero dentro de esta humedad).

 

El estanque moteado lo llamaron luego, novela de misterio,

donde calles de Londres se cruzaban

con amplios bulevares de París: así se fue tiñendo

su célebre fauna a semejanza

de dibujos animados: las palomas volaron arrojadas

por las moscas, los balcones

por paja cruzada con palos retorcidos. Sólo canta una muchacha

la letra de una polca anónima.

 

(¿Y cómo llorar junto a la fuente, si la fuente

trae barro, y cómo hablar

por encima de las hojas del loto, cuando flores de papel

fueron quemadas para colocar

unas de plástico en su nombre, y levitas por pelucas, y un largo sueño en colores

con besos y truenos?).

 

Pero brilla la luna extrañamente, y hay segundos

en que el fondo del agua se remueve y bambolea

la extática dulzura de la superficie. Momentos como ése

devienen en eterno comentario, mientras entomólogos

apuntan sus cañones, y describen

la unión de los huesos y los bichos ignorados

en selvas tan umbrosas y variadas. Nada se perdió allá lejos;

en este suelo es donde cabe encontrar

la clave del misterio terruno: lo único que oigo es un sapo melancólico

y el pelo de Laura remojándose en la noche.

 

(Me da miedo seguir: el manso pelaje del estanque dibuja

un remolino

que es sólo su propio pasado: no llegar a ningún sitio

saltando al autobús en la mañana, saludando

al vendedor, nadando en las burbujas a las doce

y bebiendo el breve tiempo que ilumina el sol

en seguir contemplando el paisaje. Ni ella siquiera

podrá tararear

algo distinto cuando asomen las estrellas).

 

El estanque circula por las venas de sus inquilinos. Algunos acusan

a los otros de haber quedado en el fondo. Casi siempre pelea sin sentido

cuando están las voces reales despertando, los que hunden la aguja

buscando sangre en el limo, y sólo obtienen

huesos; los que quieren conocerse en el espejo

y encuentran láminas de escuela: son ellos los que cavan

el tubo suficiente para airear esta tierra, para hacer

como natura la flor en el pantano.

 

Sólo entonces cantará más claro Laura. Sólo entonces

los sapos alzarán el vuelo

y hablarán su propia historia.

 

No todo se perdió allá lejos; algo queda.

Ser de aquí es no ser de ningún sitio

porque aquí el estanque será vientre de río

y no charco después de la tormenta.

 

(Quién sabe todo esto sea parte del paisaje.

Pero es bello dibujar

el reflejo de la luna sobre el agua).

 


 

La mancha azul

 

El camino de regreso no es regreso.

Es sólo la llegada interminable

a un punto en el desierto.

 

 

Pasan los jóvenes, purísimos

en sus anchas casacas de cuerina.

Pueblo Libre, Surquillo,

La Victoria,

de nuevo Magdalena y un colegio de cartón

expulsa sus rugidos y sus dientes: no hay espacio para dedos sucios,

no hay refugio

donde puedan desovar lo que heredaron: imágenes que corren por la mente

como el cine de los años treinta: movimiento coordinado

hacia ninguna palabra, no hay espacio

y es un golpe sumergirse en esos barrios sin hueso, en que sus padres

sin amar lo que dejaron fueron puestos en reposo, edulcorados

como granos de café vuelto cenizas.

 

Los pelos un manojo de helechos, la mirada

sin fondo hacia el pobre escenario.

Esto es lo que heredaron

los miembros de la mancha azul: temor por todos lados, la locura

como cuerpo de vedette. Y tocan sus arterias

hinchadas con la uña huérfana: sin patria, sin pasado, no hay delicia

en aspirar lo que ya nadie sueña: una foto sin colores y sin marco

mientras arrojan al cielo la última canción.

 

(En la casa la mesita de madera

y el Corazón de Jesús presidiendo la sala / foco rojo, mirada complaciente

y un ramo de plástico al costado del sofá. "Hijo, no llegues tarde" /

¿Cuándo hará algo este muchacho?)

 

Y he visto sus anchas casacas sosteniendo

los ojos espantados en medio de la guerra. Sólo un canto queda

frente al mundo: ignorancia sobre todo de la Forma, donde teje

la Forma el Gran Olvido. Por eso

abundantes y sin duda ilustrados pueblan

los grandes trimotores hacia mágicos lugares

donde beben sus cuentos los libros de historia.

 

Pero la mancha azul no tuvo libros: una torta con fudge resquebrajado

y un camino que es la interminable

llegada hacia algún punto en el desierto:

animales enjaulados en la niebla

de un barrio olvidado en el Perú.

 


 

Diuturnum Illum / Sueño profético de Wanka Willka

 

Por mí mandan los reyes,

por mí mandan los príncipes,

y por mí los jueces

administran justicia

Eclesiastés: XVII, 14

 

 

1.

 

Un cerro erecto sobre las chozas de barro, una luna

montada en sus hombros, paredes, ladridos, y el frío

conversando en el círculo.

 

- "Nuestro Padre el Sol, viendo a los hombres

tales como te he dicho, se apiadó y hubo lástima de ellos, y envió

del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos

para que los adoctrinasen en el conocimiento

de Nuestro Padre el Sol, para que lo adorasen

y tuviesen por su Dios, y para que les diesen preceptos

y leyes en que viviesen como hombres en razón

y urbanidad". Pero hoy

ya nadie cree en esto. ¿No sientes acaso la helada? ¿No tenemos

que juntar leña y bosta para las hogueras, y ahumar

las chacras, las laderas, nuestros corazones? ¿No tenemos

que ir tejiendo eucaliptos en las piedras?

 

Esperaste un mundo mejor, una aventura de magia.

Sólo esto podemos ofrecerte.

 

El adobe de al lado temblaba

con el baile del fuego. Juan trató de calentarse las manos; hizo un gesto,

continuó: Para que todo cambie

no sueñes milagros, no confíes en tu juego ingenuo.

Si ni siquiera nos conoces,

¿de qué sirve tu buena voluntad?

 

Justo Chocne veía. Padre como los cerros.

 

"Quinientas flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos

que tus ojos no alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro,

la plata y el día se mezclan. Esas quinientas flores son mis sesos,

mi carne", recordé.

 

- Cuando vengan a buscarnos

no sabrán dónde seguirnos. No conocen

los laberintos, podremos emboscarlos.

Veremos en el musgo resbalando sus botas.

Rodarán.

 

Sacsamarca se nublaba.

La punta de la roca, sin cabeza; los niños que reían todavía regresaban.

 

(¿Juan, Justo, dónde están?)

 

Entramos en la sola habitación. Frazadas de cordero,

la cocina a un lado. Felícita encerrando a los cuyes hervía la hierbita

y un paquete fue sacado de la oscuridad: Problemas estratégicos de la guerra

revolucionaria de China.

- "¡Mierda los haremos!", musitaron.

 

"Pon en marcha tu helicóptero y sube aquí, si puedes. Las plumas

de los cóndores, de los pequeños pájaros se han convertido

en arco iris y alumbran", resonaba.

 

Nos envolvimos con dobles pantalones. Los gorros de lana

ya empezaban a plancharnos los cabellos.

"Oráculo del hielo", presentí.

Y entonces intentamos olvidar.

 

 

2.

 

Pero el pasto brilló la mañana siguiente

y otra y otra más. El riachuelo que bajaba por las escaleras

hasta Huancavelica nos miraba trepar, urdir las piedras, alterando

la parca claridad de esos parajes.

 

- Todo lo que aquí hubo

fue circulando con las aguas. Quizá porque el Río de Leche

quiso cambiar su camino, y nos quedamos

sin memoria siquiera.

 

¡Rocas, declive, lluvia,

piedras negras y barro, laberintos, rocas,

declive, lluvia, y ningún pájaro!

 

- Tenemos que subir un poco más, quizá haya truchas

y puedas mirar los límites

de la Comunidad.

 

Y así ascendimos, pero en esa punta

sólo otras puntas había y otros vientos y otros precipicios.

A lo lejos

ardía un punto azul escarbando una falda.

 

- Tendré que bajar a la ciudad a ver qué compro. Tú sigue craneando

tu informe, gringuito... y rió.

 

Me quedé contemplándolo un rato. Luego

fue sólo un silbido en el viento.

Pensé entonces qué país

tan raro, qué países los que habrían circulado

por estas dormidas paredes, besadas por un pobre riachuelo

que nunca supo nada, o que lo calla y sigue.

Y me sentí más solo

que un pobre riachuelo de la puna, rasca y rasca, hasta encontrar

un hueco entre las piedras: la sangre lavada grabaría

una arruga en el cielo.

 

Al bajar me fui perdiendo en un silbido, y las burbujas

del estómago cantaban.

"Sopa de papa otra vez", adiviné.

 

Y rocas, declive, lluvia,

piedras negras y barro, laberintos, rocas,

declive, lluvia, y ningún pájaro.

 

Pero el pasto brilló esa mañana

y acaso alguna más.

 

 

3.

 

Tiempos en que todo se revuelve

al caer la piedra en la corriente.

En la noche de San Juan

el humo discurría en las laderas calentando

los cultivos; ese humo de pronto se ha esparcido

más allá de los linderos.

(¿Juan, Justo, dónde están?).

 

Supimos con el tiempo que las rocas

se habían convertido en llamas vivas. Los últimos restos del poblado

como un cuerpo anestesiado quejumbraban

la muerte de Felícita y los hijos, el exilio

a las pampas amarillas de la costa.

 

- ¿Ves en qué quedó? ¿Ves en qué queda?

¿Podrás alguna vez atravesar ese camino y no decir

que era esto inevitable?

 

(Ah, pero la noche se cierra

como un odre con sogas y agujas, y el espacio

que envuelve nuestras pieles es propicio para ver

los rostros exactos y las manos quietas, la verdad

sin cáscara y creciendo).

 

- Vea usted, joven amigo. Se pueden

aceptar los puntos de partida, los principios y hasta el ciclo

de la historia en este asunto / pero hay algo

que impide su total realización: serían demasiados los cadáveres

y pocos los frutos inmediatos. En resumen:

una pésima inversión. ¿Me entiende ahora?

 

(Y un pozo se expande y va tragando

amigos y parientes, nombres raros, y fantasmas

que cuelgan de un rayo de luz y cobran vida).

"Por mí mandan los príncipes", se oye.

Pero también la elección de los culpables: todos ellos

roídos por el miedo que invade las noches heladas, convertidos

en bustos salinos por mirar bolas de fuego cayendo del cielo.

Y arriba no hubo nadie que calmara los rayos:

lluvia ardiente que calcina

los cuerpos marrones y los valles.

 

(¿Juan, Justo, dónde están?)

 

Crepitan rescoldos y un gemido subterráneo.

Una inmensa pradera de cenizas se confunde con el mar.

 


 

19 de junio / La muerte en los penales, 1986

 

Forget not...

Milton

 

 

Fueron cuatro corolas incendiándose antes

de que tocara la hora.

La mañana anterior la noticia

se había levantado bostezando, arregló fugazmente la cama, hizo tres gárgaras

y con suave desgarbo entró sorpresiva en los oídos, como el bicho instalado

para siempre en el huerto

del blanco cementerio de pelícanos.

 

(Antes de la hora, antes de la hora. Ni siquiera pudieron esperar).

 

Todos vimos el cerro quemándose en la niebla, tú nunca supiste lo que fue esa madrugada

y las horas siguientes, cuando cientos de rostros simulando alegría se lanzaron

celebrando los sucesos y jurando para siempre haber terminado la guerra,

una guerra "que nunca empezamos".

 

(Un solo corazón se desangraba debajo de la tierra; lejos, desde el Sur, llegaban sus raíces

carcomiendo el viento.

Desde entonces los sueños se han vuelto ladrillos y fierro,

la música monótona de un chorro

cayendo por el acantilado).

 

Hasta el fondo de la cordillera se esparcía el eco, los pájaros huían y tú

nunca llegaste, sólo

un grito perpetuo desquiciando

mis manos, un trotar de caballos

convirtiendo en arena mis huesos y piel. Después

un enorme silencio que rompió la mañana, y el mar se fue calmando.

 

(Cómo pesa en el cerebro ese ladrillo.

Julián, Félix, Jacinto, cómo pesan. Vimos

correr los camiones con desmonte. Por las piedras

sus dedos se asomaban, despidiéndose).

 

El frío y el sueño, hermanados; la luna y el miedo, conviviendo.

Y cuando el sol cayó puntual sobre el océano, la sombra

se introdujo en nuestras almas, con una idea fija.

Entonces se produjo lo temido. Antes, antes todavía

de la hora, mucho antes de que el mundo se durmiera

empezaron a sonar los cañonazos, cuatro veces primero; después hasta el borde del día,

como olas,

sin dejar un solo rasgo

de los nombres dibujados en la playa.

El islote fue entonces desierto, y la entrada apestosa de Cumas

se abrió como un hocico en el peñón.

 

Del otro extremo hubo historias semejantes, y los prisioneros

fueron puestos en fila y rematados, como hojas de un árbol furioso

salido de pronto debajo de la tierra.

Los vecinos oyeron los lejanos cantos, y un martillo perpetuo desquiciando

mis manos, rebotando en las montañas, descendiendo

al río turbulento que se esparce desde el Sur.

"La guerra es la guerra", se explicaban. Otros, cautelosos,

apuntaban con la uña herida.

 

(Un solo corazón se revolvía hinchado, un solo viento

dejaba pasar entre sus huecos un ruido constante, un ruido

que adquiría contornos y sabor, se arrastraba y coloreaba

por la médula, flotando,

eternamente, entre los sueños).

 

¡Cadáveres, cadáveres, cadáveres, peldaños

de brazos y piernas, de cinturas y ojos reventados!

Los tambores cortando los vidrios, y en el aire

un silencio complicado y torpe. Demasiado para una mañana

húmeda y tibia de invierno.

 

(Tú nunca llegaste

o quizá no supiste llegar.

Desde el fondo de un río hablan por ti Jacinto y Félix, van gimiendo

cada vez que me raspo con la arena, cuando miro

mis huesos cubiertos de hongos, mi piel inflándose en el sol,

en medio de alas y picos

regados desde abajo y en silencio).

 


 

Castillo de popa

 

 

Una columna de cloro sube lenta desde la tabla. Wisy dice

no habrá calma esta noche, se dispone a tenderse, a

enchufar su oreja en el vientre del mundo.

 

(El olor a pescado envuelve la ciudad como un periódico. Recuerdo:

"Mar es el sitio donde dos largas piernas llegan a situarse en posición

transversa...".

Termino mi café y reviso ciertos términos: prolongación al infinito de las doce:

sólo ese hedor quita el sueño más rápido, se filtra

como el mate de coca en el aire, y vuela).

 

El cloro y yo, la trenza chorreada de Brenda baja al fondo como un áncora

y meto los efluvios en la pituitaria: un roce de nalgas sutilmente, los Trabaxos

y los sueños de Calpurnia

cuando miro en el vitral de la cabeza las columnas de escamas

reptando por los intersticios a mezclarse con el maderamen:

 

una leona ha parido en medio de la calle, y las tumbas

se han abierto y vomitado a sus difuntos.

Guerreros feroces combaten entre nubes en filas

y escuadrones en exacta formación, haciendo llover sangre sobre el Capitolio.

El fragor de la lucha atruena los aires, y se oye el relinchar de los caballos,

y el estertor de los heridos, y los gritos, y los soplos que dan en la calle los espectros.

Estas son cosas inusitadas y me infunden pavor...

 

Sobre ello se hincha el eructo de Dite, se diseca; la médula de miles de peces

se esclarece en el viento.

 

Decenas de sombras se desprenden a coger su tajada, las plazas de Lima

son un patio de recreo

sin martillo que golpee los cascos: cenizas donde se levanta

un lloriqueo: "perdóname, trozo de barro ensangrentado, que aparezca

suave y humilde con estos carniceros...".

(Antonio, acto III, escena 1).

 

Y no son los cantos órficos, ni los gramos de silocaína, sino este canto interior

como la ola que se oye desde el Bufadero, reventada en reversa, comedora

de hombres y bestias, entre huesos de jibia,

perdóname, trozo,

que instale mi tienda entre los muslos que asoman de la espuma:

esta es mi vainita, mi marisco, esta es mi bronquitis

donde la bola de cristal se concentra en un punto

que es la intersección

de rectas infinitas desde el resto de espacios disponibles: olores de bonete y algalía,

la música callada, el bombo idiota, desde donde fluye

el secreto venero que alimenta la vista

con que puede dibujarse cada aleta y cada diente, donde puedo enumerar

el speculum y el pomo, las hojas arrumadas, la pared envolvente, las manzanas, un pantano

donde no hay nave que avance, tan fuerte es el olor...

 

(La mujer que patean en el muelle Wisy la comenta. Un lento

vaivén hace croar las tablas

y el marisco de Brenda apesta más fuerte. Preguntas

de todas partes. Un olor inconfundible por respuesta.

Y nadie puede replicar:

el Cisne ha muerto).

 

Casio: ¡Ja! ¡Ja! ¡Qué detestablemente rima el cínico!

Bruto: ¡Fuera de aquí, sinvergüenza! ¡Lárgate!

Casio: Tened indulgencia con él, Bruto; es su estilo.

Bruto: ¡Yo sabré soportar su genio cuando él sepa ser oportuno!... ¿Qué tiene que ver

la guerra con estos locos danzantes? ¡Fuera, fuera, camarada!

Casio: ¡Vamos, vamos; marchad!

(Sale el poeta).

 


 

[coda]

 

 

Arrojado en las tablas sobre un día de verano, arañando

las astillas carcomidas por el vino, queda un cuerpo

exhausto en la mañana ya sin lengua

y un charco de aceite bajo el barco a la deriva.

 

(Tuve un sueño con estruendos y caricias, tuve un sueño

y un sable que arrojaron en la noche le cortó las alas grandes.

Ahora el silencio y las gaviotas descendiendo, ahora

las sobras del festín y humo en el paisaje. Tengo un sueño

al tocar mi largo cuello y al mirarme

tendido bajo el pico de un carbón).

 

Arrojado en las tablas sobre un día de verano

el joven capitán se desvanece,

un cisne

cierra los ojos y sueña.

 

Sean sus plumas blancas

remedo de su canto.