Libro de las Auroras Boreales

 

1994

 

 

 

 

 

 


 

Invitación

 

 

El hábito no hace al monje.

¿Escribir como hábito

hace al poeta?

 

Como turba de gatos que se lanzan

encima del ratón, estos temores

consuman lo que Lihn había dicho:

podemos defecar lujosamente

sobre la poesía, cual Rimbaud,

pero sólo después de un hartazgo

criminal:

en lugar de los otros

tallar y tallar y tallar

delante del espejo.

 

Cuanto más se ha creído

más pura resulta la duda.

La fe descomunal no garantiza

el cielo, ni tampoco

se abandona el pecado solitario extirpando

idolatrías. Porque una

es sólo la Palabra que detiene

los vellos de la Dama sobre el lecho

o el hoyo de su espalda agusanándose.

Una sola -Palabra- si se ha dicho

y sea suficiente para siempre.

 

¿El hábito

hace al poeta?

¿Lo que nunca se dijo cuando más creímos

lo diremos a punta de cuchilla?

 

¡Oh vengan los infantes y los sanos y los que

aún se lastiman

y rompan estas hojas

con uñas y con dientes!

 


 

Díptico con lágrima

 

 

I. Codo empinado

 

La esquina de Manhattan donde brota

la fuente de cerveza aguada

no es casa en la que un dulce peregrino

alivie la fatiga de sus plantas:

gravedad de la hierba

que no por olorosa falta menos, claro

de luna sostenida por un fierro,

y tú, muñeca rubia,

colgando desde el pelo de una viga:

un cruce de caminos se levanta

al canto de unos místicos descalzos,

y la espina boreal de los collares

apenas si repinta un trazo fresco

a los rostros andinos que aparecen

decúbito dorsal en la memoria:

atrás los últimos disparos

que no alcanzan la meta ni se apagan,

chillando como fuego artificial

en la fiesta de los cuerpos simultáneos

y la fosa como boca que mastica

sin hilo dental y sin paciencia

oh los pelos oh los ojos oh los dedos

y la punta de un palo recortado, cómo

nombrarte sin nombrarte y beber fuente

de lúpulo sagrado sin retorno, dónde

oír sin que se filtre el imperdible

de un canto tarareado inútilmente:

sabedor de su muerte

se inclina el peregrino ante las hojas

escritas con insurrección, y el viento

amable deposita

la esquina de St. Marks donde convergen

soledad de peregrino y soledad

de muerto en las aldeas del recuerdo.

 

 

II. Esta noche duelen los cerros

 

Esta noche duelen los cerros

como la punta de los dedos después del martillazo.

 

Duelen los cerros, digo,

porque arriba de su cuello hay una nevada intensa

que de pronto nos pone de cabeza

caminando de manos en el subterráneo

viendo la forma del cono erectado

y sus caminos circulares

y sus piedras esculpidas
y su pezón de trueno

como el lento movimiento de las alas

del Ángel desmontado y masticante:

 

Dante no hubiera visto en este enebro

sino el gélido terror imaginado

ni Vallejo su tonito -perdonen la tristeza-

tan marcado.

 

 


 

Intromisiones cuzqueñas

 

 

I. Tullumayu

 

Regresan dócilmente los cadáveres

al Río de los Huesos a bañarse.

Tiembla la noche blanca al ver los brazos

y nalgas y testículos flotando. Los modernos

andantes en el Cuzco hunden las piernas

sobre el rociado asfalto, como momias

intactas para siempre y con el brillo

de pétalos de plata en la mirada.

 

"Yo los toqué de niño y era tanta su frescura

que únicamente les faltaba hablar. Pero eran duros

como un espino seco, y sin embargo

más vivos porque hacían agacharse

por los cuatro países a millares

y hasta los invasores retiraban el sombrero

al paso de sus trajes con respeto".

 

Si ávido de pronto Tullumayu

del limo en que descansa se vistiera

y echara como en tiempo de sus padres

a andar las piedras todas y los templos

oh planchas de oro oh soberanas

torres dispuestas en función del arco iris

qué tristeza

hundirse como tibia en sus mollejas.

 

 

II. Saqsawaman

 

Un ángulo bosteza entre las piedras

igual que el inestable cielo limpio

que arquea ya sus nubes, ya sus gotas

y entonces la mañana es un incendio

claro: se hunden las montañas en el aire

y arriba estira el brazo, al primer rayo,

el ángulo que carga las murallas.

 

Saqsa Uma: cabeza jaspeada

con que el puma recibe la voz blanda

de un sol besando el valle más que el cielo

y extiende al otro extremo la pelambre

y échase a andar con sus comercios frescos.

Un trueno de paredes redondea

las torres sucesivas en que una

destaca por el norte y así instala

la boca del felino hacia los límites

de selvas y de mares imposibles.

Un solo muro, al sur, tiende las plantas

dejando para arriba que se curve

el arco cuya sombra ha de entregar

la mano de la esposa a la del cónyuge

en santa posesión de cielo y valles

teniendo como ombligo la sagrada

plaza que se alza y que camina con las garras

sobre el dorado imperio, cuyas puertas

cargan iglesias hoy, y éstas orines.

 

 

III. Atuqsaykuchi

 

El cielo chorreante, las pisadas,

el odio de las nubes, las escalas,

y al fondo de la plaza una muchacha

de falda colorida refugiándose.

La punta de la cuesta es donde el zorro

se cansa y se detiene.

 

Sólo su reino contempla

bebiendo gota a gota los tejados

y no es porque se venguen los espíritus

del miedo en que la gente los invoca:

el zorro simplemente cobra el precio

del tórrido trazado de las calles, del olvido

del orden de las piedras y del sueño.

 

(Al pasar por los turistas de San Blas

ojos de zorro son ojos de niño:

"¿El Cuzco? Ah, sí, bonito.

Con su cultura incaica y sus artesanías".

Y escupe al sol que ahora perfora

sus iris fatigados por las tejas).

 

Rodando hacia la plaza se detiene

al borde de unos pies descalzos:

un hijo por joroba y una falda

calman su gruesa sed, su gracia colorida.