Poemas no recogidos en libro

 

1981

 


 

 

 

Prólogo

por Washington Delgado

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

 

En lo que atañe a poesía, los Juegos Florales Sanmarquinos de 1980 constituyeron un éxito notable: se presentaron más de cien trabajos, lo que demuestra tanto la buena acogida que tuvieron estos Juegos, como la encomiable labor de organización y propaganda que cumplió la Federación Universitaria de San Marcos.

 

Al éxito revelado por el número de trabajos, habría que agregar la alta calidad de buena parte de ellos, lo cual, para el jurado integrado por Mario Florián, Marco Martos y el que estas líneas escribe, significó un arduo trabajo de análisis y discusión. Sobresalieron los trabajos presentados por Pedro Escribano Taipe, Cesáreo Martínez y José A. Mazzotti, los tres alumnos de la Universidad de San Marcos. Después de leer, releer y compulsar los tres trabajos mencionados, el Jurado acordó por unanimidad conceder el Primer Premio a Poemas no recogidos en libro, que resultó pertenecer a José A. Mazzotti.

 

El trabajo premiado sorprende por su extraordinaria madurez: la técnica en el manejo del verso libre y la arquitectura total del poema resultan impecables y, al mismo tiempo, estas virtudes estilísticas se hallan al servicio de un pensamiento y un sentimiento poéticos poderosos, profundos e implacables. La poesía de José Antonio Mazzotti discurre por cauces así geométricos, pero no se cierra en sí misma sino que abre ante los ojos del lector perspectivas inéditas, alucinantes o turbadoras.

 

Los temas principales del libro son el amor, la soledad, la muerte y la poesía misma, tema este último de gran preponderancia en la poesía contemporánea y que en el Perú ha dado motivo, hace ya algún tiempo, a una notable antología de artes poéticas recopilada por Luis Alberto Ratto. La meditación sobre la poesía, aunque aparece en ráfagas deslumbrantes en casi todos los poemas, predomina como motivo central en la primera parte del libro titulada significativamente: "La señal de las señales (problemas generales)". El primer poema es particularmente revelador de la intensidad angustiosa del sentimiento poético que nutre la obra de José Antonio Mazzotti:

 

...y son lo mismo al fin y al cabo el poema y la puerta que se cierra

sin hacer ruido y son lo mismo esa puerta que se cierra y un amor imposible

que hace ruido estrepitosamente

y tienes que escribir el poema

escribir el poema

escribir el poema

a como dé lugar.

 

En otros poemas, Mazzotti incide en la dificultad de expresar con palabras el pensamiento o la vida:

 

Hasta que todo nos venció y permanecimos navegando largos meses, consumiendo

aves y peces, y una enorme soledad

inconquistable como las palabras.

 

Pero, sobre todo, en el último poema de esta sección, "Contra el Arte Poética", se subraya el desajuste que se forma entre lo que se piensa, se siente y lo que, al final, resulta escrito:

 

Has desplegado tu hoja en blanco y apelado a los dioses

y no te han atendido [...].

 

Has apelado a los dioses y no te han atendido.

Y apenas si has logrado conmover a un garabato.

 

Sería excesivo y pedante pretender examinar en un breve prólogo todos los temas, virtudes y excelencias de este primer libro de José Antonio Mazzotti. Hay, ciertamente, muchas cosas que no me atraen y sobre las que quisiera opinar, pero me limito a apuntar su personal sentimiento de la soledad, sus agrias y desnudas imágenes de la muerte y lo que me atrevería a denominar "descreimiento religioso" que impregna numerosas páginas del libro. Sin embargo, hay un tema que posee especial altura y brillantez y que no quiero pasar por alto: me refiero al tema erótico, que en la poesía de Mazzotti adquiere resonancias novedosas y cautivantes. Un poema, acaso el mejor del conjunto, "Yegua es la hembra del caballo", destaca nítidamente. Bastará copiar sola-mente el final para apreciarlo:

 

Yegua es la hembra del caballo y yegua es mi mujer impronunciable

divina metalengua que pronuncio y no decoro

y salto y pateo y relincho y ya no sigo

sé que ella viene como un pasto dulce a perdonarme

estas palabras.

 

Estos versos nos confirman la limpidez y soltura del estilo poético de José Antonio Mazzotti, su profundidad imaginativa y su rigor intelectual, su gracia y su frescura juveniles. Son los versos, evidentemente, de un poeta hondo, grande y sincero.

 

Lima, 27 de abril de 1981

 


 

 

 (léase de todas las formas

que el título sugiera)

 

 

 

Música maestro

Huidobro

 

 

 


 

Los amores imposibles, los poemas

 

 

Mientras te duermes vas oyendo a tus espaldas una puerta que se cierra sin hacer ruido

piensas en un amor imposible de citas clandestinas

y perros que te siguen en la noche

y descubres que un amor y un poema son lo mismo al fin y al cabo

y son lo mismo al fin y al cabo el poema y la puerta que se cierra

sin hacer ruido y son lo mismo esa puerta que se cierra y un amor imposible que hace ruido

estrepitosamente

y tienes que escribir el poema

escribir el poema

escribir el poema

a como dé lugar.

 


 

Contra el arte poética

 

 

Y todavía no has escrito el poema

Borges

 

 

Has desplegado tu hoja en blanco y apelado a los dioses

y no te han atendido. La demanda

en este tiempo es enorme, más enorme que el papel y que tus días

y no hay palabras para tanto resplandor.

Ni siquiera has logrado conmover a un garabato

y ya hay algo que te cansa (caminar, sentir frío en los pies, acariciarte

los pelos o volver la vista hacia las piedras del camino).

Apenas un juguete entre tus dedos (una Browning 22 tan dulce como un lapicero)

y el silencio te cubre como un perro en celo

o una bala que te quema la frente.

 

Has apelado a los dioses y no te han atendido.

 

Y apenas si has logrado conmover a un garabato.

 

 


 

A un joven poeta activista

 

 

No me hables

de la Realidad, a mí

hundido en cien batallas,

diez cantinas, una cárcel y tres parques cuatro veces

al año. No me digas

cómo lavar las paredes de Lima,

ni cómo darles vuelta a los relojes de la Catedral.

Si a veces me sorprendes

cargando un libro de poemas, no

me lo reproches: el oficio

exige mil respuestas para cada caminata

y Lima tiene más veredas que tu espesa cabellera.

No me hables

de la Realidad, por Dios, no me la pintes

de negro o rosa o verde o marquesinas.

Cuida tu verbo, que es tu carne, cuida el piso

en que también caminas:

 

métete la realidad en el poema.

 


 

Nocturno continuo con lluvia afuera

 

 

A la hora triste de los desengaños, a la hora

de los extraños desconciertos prevenidos de toda aspereza,

siendo el silencio un charco de agua sobre tus colchones

y lamentando locamente los aspectos más triviales de la Gran Jornada,

qué hacer sino dormirte sobre el escritorio, almacenarte como un libro en el tablero sin fin

y amar / reír / gritar / morderte

patear / llorar / oír / mirar

por la ventana y empaparte / acariciar

alguna idea inútil como un hongo sobre el pasto,

pensar no es venenoso, con amor

llevarlo a casa y endulzarlo, conocer

ese sabor maravilloso, y encontrarte

de pronto con las dos de la mañana, a la hora triste

de los desengaños, a la hora

de los extraños desconciertos prevenidos de toda aspereza, etcétera.

 


 

Canto a mí mismo

 

José Antonio, José Antonio,

por qué me dejaste aquí...

Conocido vals

 

 

Nada has perdido, amén de un par de lapiceros

y algunos años persiguiendo los poemas hasta más no poder.

Sólo supiste atesorar esos desnudos en los almanaques, José Antonio,

y caminar por La Colmena puesto que el día y la noche apenas si te eran propicios

para buscar el amor. Y sólo hubiste gruesos callos y el placer de haber corrido

entre los poros de Lima como un turista asombrado

o de encumbrarte por jornadas en la punta de tu dormitorio

sabiendo que los sueños te llevaban a un badajo rebotando y rebotando.

Nada has perdido, José Antonio, nada,

sino esas monedas habidas en un parque / útiles

como un caballo para huir de mí.

Ahora los días son tan claros como cualquier noche

y las uñas te crecen como el pasto en el aire limeño

y hay cosas que se empeñan en aparecer

en el bolsón del tiempo: dos borrachos orinando al pie de San Martín, una muchacha

de flores en el cuerpo y caminando al fin del mundo, noches

y noches de vigilia sobre el tren de la locura, y todo

metido en tus orejas como los fantasmas.

Pero nada has perdido, José Antonio, y ya no reconoces

a los amigos que te publicitan como una nueva hoja de afeitar.

Sólo caminas como un árbol desteñido

y escuchas a lo lejos una radio con un disco repitiéndote

cosas que quieres olvidar, un vals llorando sobre tu cabeza

y unas palabras para arrepentirte de tu reciente defunción.

 


 

Me despido del silencio

 

Canto la gran alegría de cantarte

la gran alegría de tenerte o no tenerte

 

P. Eluard

 

 

Me despido del silencio como de una casa querida

y me ladran los perros y me alegro

sin rumbo vagando por el espacio inmenso

puedo reír ahora sin temer

un corazón partido un labio roto

caminando por las veredas desteñidas

de esta ciudad enorme como la molicie

los párpados son densos y no dejan

marchar sin contratiempos por el día

ah y sin embargo el cansancio

es más hermoso que el sueño

dime muchacha si no es cierto el tiempo

dime si no es mejor andar hacia la muerte distraído

y odiar la poesía como a una cucaracha

nocturna en cuyo lomo el pie no acierta

dime si fuera de la calle hay otra calle

si atrás de la muchacha hay otra

muchacha con los mismos ojos

verdes como la tarde

en que te escribo si es mejor

tenerte entre papeles

o entretener mi cuerpo con tu cuerpo / contingencia

y gloria del mortal que habla contento

de perseguirte sin fortuna por ser cierta y viva.

 


 

Yegua es la hembra del caballo

(después de una lectura de R. Jakobson)

 

 

Yegua es la hembra del caballo y yegua

es mi mujer impronunciable por el resto de mis días, la frescura

de su sudor y de sus patas duras como un diente

y el lomo en que cabalgo rodeado de metrallas y sirenas anunciando un bombardeo.

 

Yegua es la hembra del caballo y yegua es mi mujer

de suave relincho a cien violines cuatro flautas dos trompetas

y un músico olvidado y legañoso / a media barba /

y noches de terrible claridad.

 

Ella se mueve por los parques hinchando sus ancas

(yo hincho mis pulmones)

salta y patea y no conoce a los flemáticos

desnuda una sonrisa / como quien abre una bolsa de arroz

sabe y no sabe siente y no siente grita y no grita

y esparce el arroz entre los novios.

 

Yegua es la hembra del caballo y yegua es mi mujer impronunciable

divina metalengua que pronuncio y no decoro

y salto y pateo y relincho y ya no sigo

sé que ella viene como un pasto dulce a perdonarme estas palabras.

 


 

Palabras

 

 

Detrás del amor, las palabras oscuras,

y detrás del silencio, las palabras oscuras,

y detrás de tu cuerpo, las mismas palabras

oscuras como los días, tercas como los besos

disparados sin remordimiento, las palabras

que bajan, ríen, corren como lobos en celo

y destrozan tus cabellos, saltan

y no regresan, y se desparraman, o no llegan

y lanzan un grito estridente, sin dejar de ser oscuras,

y llenan de burbujas esta habitación,

hasta que locas se tienden donde el sueño las alcanza

y son para colgártelas al pie de la mañana,

limpias.

 


 

Bye bye love

 

 

Nosotros no inventamos el amor. Setiembre rojo.

No fuimos los primeros en remar bajo los puentes.

Ni siquiera en escribir sobre boletos de autobús

que luego haríamos zarpar

sobre las piedras amarillas de la gran ciudad.

 

Nosotros no inventamos el amor. Y sin embargo

por ese tiempo no hubo pasto limpio

ni taxi ni ambulancia que fungieran de alcancía de la niebla

ni pájaro que tal como en películas

volara para el Sur.

 

Nosotros no inventamos el amor. Ya lo decía.

Y no pudimos evadirnos de las olas

y la corriente que arrastra al que se mira entre los ojos de la gente

y los atajos de los parques desbordando

y tú y yo como un niño

desnudo tras una pelota.

 

Qué tiempo el de setiembre cuando muere setiembre.

Qué tarde la del ciego cuando el sol se apaga

como un carbón mojado.

Qué pobres los poemas

cuando no hay nada por saber, ya lo decía:

 

nosotros no inventamos el amor.

 


 

De ti me separa un planeta

 

 

De ti me separa un planeta poblado de siete mares

y de animales de distinta especie que se entusiasman haciendo el amor,

y me separan de ti todas las cosas que se dicen en los viajes arriesgados

alrededor de ese mundo colmado de palabras o poemas o caricaturas

de los animales de distinta especie que miramos hacer el amor.

De ti los árboles que cubren con sus sombras a las sórdidas parejas

y los parques enrejados donde se filtra el humo de las fábricas

y el humo de los autos y las voces de los edificios donde también se hace el amor

y me separan de ti los poemas que te dije en cualquier lugar del tiempo

y los poemas que no sé escribir, y los que pienso escribir, aunque no sepa,

y los poemas que no escuchas que no miras que no dices

porque eres sabia como un mono, lejana como un mono

en la ciudad llena de fábricas y parques y edificios

donde no hacemos el amor / donde no haremos el amor

porque de ti me separa un planeta poblado de siete mares,

un planeta con sus sombras sobre el que giro y me alejo

y estoy volviendo, todavía.

 


 

Marcha fúnebre

 

Piedra sobre la piedra

Martín Adán

 

Muertos.

Estamos muertos.

Repetición inalterable de las olas.

Piedra sobre la piedra, luego arena

y nuevamente piedra.

Espuma sobre las aguas,

aguas sobre la piedra,

piedra sobre la arena, no

sobre la piedra

(eso será más tarde).

 

Y un tímido molusco que camina

y es arrastrado por cuarenta diluvios.

 

Estamos muertos. Piedra sobre la piedra.

Y sobre todo una concha vacía

que fue arrojada por el mar.

Plato de sopa que capturan las gaviotas.

La timidez vencida por las olas, por la noche.

 

Estamos muertos, muertos.